Me fascinaba, sin embargo, hasta qué punto en Italia esa rareza mía era poco menos que una certeza universal del ciudadano. Yo, que acababa de publicar la semana anterior mi Contra los políticos, me encontraba allá hasta a la pescadera hablando de “antipolítica”. No soy tan vanidoso como para atribuirlo a mi fantástica resonancia.
Luego, han venido las elecciones. Porcentajes envidiables de abstencionismo. El voto aquí no sirve para nada. Ni los políticos. Cada cual por su lado. Como siempre. Volví a llamar ayer a mis amigos napolitanos. “Supongo que lo de Berlusconi os traerá al fresco, ¿no?” “Sí, claro. ¿Por qué lo preguntas?” “No, nada. Tontas cosas mías”.
En el año 1512, el Maquiavelo que, exiliado en San Casiano, escribe El príncipe y los Discorsi, sabe que esa es la extraña condición de la Italia moderna. La que la diferencia irreversiblemente de la Francia y la España, a las que toma como contraejemplo: aquí no hay –ni parece que vaya a haber– Estado.
Para lo malo como para lo bueno, no lo ha habido en los quinientos años posteriores. Con una sola excepción: la extravagante idea, que abrigó Benito Mussolini, de inventarse tal cosa bajo la atronadora palabrería del Estado fascista. Menos mal que no destruyó la Italia eterna, la del arte.